miércoles, 24 de abril de 2019

La biobibliografía de mi alumno Haroldo. Práctica 2.

Como profesor, he podido conocer algunos alumnos interesados en la literatura, alumnos a los que llaman lectores aquellos profesores que leen poco o nada, porque, para ser sincero, no es inusual que en la sala de profesores de un IES el que más lea sea el alumno que ha ido a preguntar por las fechas de entrega de algún trabajo.

Durante mi estancia en un centro de la Vega Baja, encontré a un alumno especial, un inglesito, Haroldo, que había logrado superar las barreras de la pereza y la estrechez mental que caracterizaban a los suyos y había aprendido español con tal perfección que superaba sin dificultad a los nativos de esas tierras, cosa, todo sea dicho, no muy difícil. 

No obstante, si, como decía Herder, uno no puede elegir su país à laCayetana, sino que pertenece a él por unas cadenas que van mucho más allá de la estricta voluntad –y no hablo de nuestra Constitución–, Haroldo no se había liberado de las suyas: seguía siendo, por sobre cualquier otra cosa, inglés. 

Un día, hablando de literatura con este alumno en la cantina mientras El Jonathan –el artículo forma tiernamente parte del nombre– nos servía unos cafés, como si fuera lo más natural, sometí sus gustos a mi buen juicio. Le pregunté por los libros y autores que había leído. Se puso firme y, en un magnífico ejercicio de producción oral con el que habría podido convalidarle todo el bloque de contenidos de «Escuchar y hablar» del currículum de ESO y Bachillerato, hizo una relación con los siguientes autores:

El primero y más importante, el que fundó la literatura, de quien bebieron Homero y Horacio, era Shakespeare, poco menos que un dios para Haroldo pese a ser un autor que se había dedicado fundamentalmente al teatro –el género de la soldadesca, muy del gusto de las tripas, la sangre y los bastardos–. Desde pequeño, el simulacro de padres de este alumno, unos chavs que a duras penas conseguían pronunciar bien su propio idioma, le repetían que era el mejor escritor de la historia. Después el joven continuó con Dante, el mejor escritor de Italia, quitando a Shakespeare, insistía. Otro que nombró fue Chaucer, el mejor poeta de la Edad Media, decía, cuyos Cuentos de Canterburylo entretuvieron muchas noches en que sus padres volvían a casa alelados de haber aspirado tanto gas de la risa.

No se desentendía Haroldo tampoco de Cervantes, un señor que pasaba por aquí, donde él ahora vive, y por ello es, en cierto modo, importante: porque él ahora vive por aquí. Una pequeña concesión al país de acogida; ahora bien, «mejor que Shakespeare no es, que quede claro». También había leído a Montaigne, que le enseñó aquello de «suspendo el juicio» y derivados que llevaron a adoptar una actitud escéptica, una miaja de epojé, que interpretó libremente con el resultado de acabar votando al UKIP; y a Molière, un gran cómico del que aprendió que el teatro está muy bien cuando uno no tiene tiempo para leer. 

De Milton, autor como Borges pero serio, Haroldo aprendió que daba igual que a uno le concedieran las ayudas a la dependencia mientras tuviera unas hijas a las que enseñarle a trascribir y declamar. Jane Austen le resultaba interesante siempre que el mensaje quedase bajo el verde de la campiña inglesa, y lo mismo le ocurría con Walt Whitman: lo importante, la hierba; la homosexualidad es una cosa que respetaba, pero que, en cualquier caso, decía Haroldo, no era para hacer literatura.

Como a Emily Dickinson, tampoco le gustaba a este alumno salir mucho de casa, sobre todo porque allí donde iba estaba todo lleno de rusos o, lo que es peor, españoles. A Dickinson la siguieron autores como Dickens y George Eliot; y, salvando las distancias con los mafiosos de la urbanización, que hablan su mismo idioma, Tolstoi. Luego encontraríamos a Ibsen, siempre y cuando se valoren sus aspectos estéticos y no se quiera leer Casa de muñecascomo un alegato feminista en el que la mujer abandona a su marido y se va a hacer su propia vida –porque, claro está, eso no tiene que ver con la obra, decía Haroldo.

Freud le llamaba la atención. Este, como todos los psicólogos, es un cuarto de literatura con dos tercios de morro y una pizca de ingenuidad. No es que Haroldo piense, como Borges, que todo es literatura, pero lo de Freud es efectivamente una obra de creación –salvo cuando aborda negativamente cualquier asunto mujeril, en cuyo caso estamos ante ciencia, según él.

A Proust, aunque Haroldo sea más de cereales y bollos industriales, tampoco le hace asco, y a Joyce, aunque sea un irlandés, tampoco. Y, bueno, Virginia Woolf tenía cosas buenas, defendía mi alumno, sobre todo cuando no hablaba de cosas de mujeres y se centraba en tejer metáforas y construir símbolos. Le gustaba también Kafka, a quien no entendía mucho, pero era judío, como él, y eso es siempre un punto; y Neruda, especialmente su oda al caldillo de congrio, que se toma comúnmente durante las resacas en Chile y cuya receta Haroldo había aprendido a prepararles cada mañana a los de su colonia. 

También citó a algún alemán, como Goethe, por demostrar que conocía algún país más. «La cosa es que no olvides que Shakespeare es mejor», apostilló.

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