Santiago Abascal se integró en Ara Repúbliques, porque los extremos se tocan, y desde entonces gobernó el país con mano de hierro. Ante la necesidad de conseguir una Estado fuerte, unido, libre pero sin obscenidades –que para eso está la Casa de Campo–, en el que las diferencias culturales sumaran, cambió el nombre de España por Catalaña y trasladó su capital a la ciudad donde mejor se produce la síntesis de cultura española y catalana: Valencia, cuyo nombre pasó a ser Ciudad de vacaciones. No contento con tantas muestras de multiculturalismo, Abascal ordenó que a partir de entonces la lengua oficial pasara a ser el valenciano rural que hablan masovers como mis abuelos, el castenciano.
En estas, la población valenciana se rebeló, expulsó a los castellanos, que llevaban dominándolos desde aquello del mal de Almansa, y declaró la independencia. Con apenas un año en el poder, Abascal se vio obligado a volver a trasladar la capital, esta vez a Barcelona, pero mantuvo el espíritu del nuevo Estado: Catalaña, País de Vacaciones, bajo la enseña de la real señera valenciana, lucharía por expandir un imperio cuyo compañero ahora sería la lengua castenciana.
Los valencianos, una vez libres de España, decidieron cambiar el nombre de su país. A su disposición tenían el de País Valencià, Regne de València o simplemente València. Hubo un referéndum y ganó el nombre de España. Por seguir con la broma, adoptaron también la rojigualda por bandera y, tras extenderse una moda de alargar las palabras originada en una rave cerca de la Malvarrosa que duró cuatro noches, pasaron a hablar, más que castellano, español. «Total, el castellano es como el valenciano pero añadiéndole el final a la palabra», declaró entonces el presidente de la Academia Valenciana de la Lengua. Una expedición fue enviada al sur de Italia a buscar a los herederos de la Casa de Saboya para ver dónde acababa la cosa, pero desaparecieron y nunca más se supo de ellos. Se rumorea que, a pesar de ir bien provistos de todo lo que necesitarían en su viaje, les pudo el ansia, se terminaron todo de golpe como si fueran un gato con el pienso recién servido y luego los venció el mono.
La Universidad de Alicante perdió, durante este proceso, la gran mayoría de los grados. Se disolvieron todas sus facultades. Solo quedó la Facultad de Educación en pie, hipertrofiada al recibir, además de su alumnado tradicional, a todos aquellos que entran a Derecho o ADE para hacer algo, pero que, en vista de las nuevas circunstancias, tuvieron que reencaminar su conformismo y desinterés académicos con tal de seguir contando en sus pueblos que habían estudiao.
La Facultad de Educación se quedó pequeña. Tenía, para su ampliación, todo el recinto que antes ocupaba la Universidad de Alicante a su disposición. Sin embargo, el equipo decanal decidió que lo mejor era trasladarse al descampado donde iba a estar Ikea pero-ya-no. Montaron unas carpas, se pintaron la cara y, entre bolos de malabares bailando por el aire, instituyeron la nueva facultad de educacion.
De allí salieron los futuros docentes de toda la nueva España que antes era el territorio valenciano. Estaban formados en los métodos más innovadores descubiertos hacia el 2009, como los dictados de pared y subir fotos a Instagram. Aunque parece poco, se ajustaba exactamente a lo que los centros docentes demandaban en 2030. Estos, repletos de tecnología, como proyectores, móviles 5G de Huawei y vapeadores, y algunos con incluso dos aulas de informática –insisto: no una sino dos (¡dos!)–, estaban construidos con los mejores contenedores de transporte de mercancías que desechaban los empresarios chinos que habían comprado el puerto de Valencia.
Los profesores, no obstante, no se dejaban embaucar por el brillo de las buenas instalaciones ni por los trienios obtenidos y continuamente ideaban nuevas formas de que los alumnos dieran las clases por ellos, que es más o menos lo que aprendieron en los cinco años que pasaron en la Universidad.
Los métodos a los que recurrían para transmitir sus enormes conocimientos sobre qué tipo de papel higiénico utilizaba Javier Cercas para escribir eran fundamentalmente dos: las exposiciones, porque los alumnos tenían que exponer; y los dictados, siempre por parejas, para que el profesor no tuviera que levantarse de la mesa.
A esto había que añadir ejercicios como dar saltos mientras recitaban el paradigma de los pronombres personales, de las preposiciones o cualquier otro, y analizar la literariedad de las canciones de Operación Triunfo, que habían sustituido a Garcilaso.
Otro era rellenar huecos en blanco en un texto con palabras, porque se consideraba que el inglés era el idioma del futuro, así que el castellano debía adoptar sus formas de enseñanza.
Se sustituyó la enseñanza de cómo redactar textos argumentativos, considerados pasados de moda, por la de los informes de recursos humanos, que iban a ser mucho más útiles a los alumnos.
Y dictados, muchos dictados. Al menos uno en cada sesión.

